Lección 4: Para el 25 de octubre de 2025
EL CONFLICTO DETRÁS DE TODOS LOS CONFLICTOS
Sábado 18 de octubre
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Josué 5:13–15; Isaías 37:16; Apocalipsis 12:7–9; Deuteronomio 32:17; Éxodo 14:13, 14; Josué 6:15–20.
PARA MEMORIZAR: “No ha habido día igual ni antes ni después, en que el Señor escuchara la voz de un hombre, porque el Señor luchó por Israel” (Jos. 10:14).
La lectura del libro de Josué nos confronta con las agresivas campañas militares llevadas a cabo por orden de Dios, en su nombre y con su ayuda. La idea de que Dios estaba detrás de la conquista de Canaán impregna el libro de Josué y se expresa en las afirmaciones del narrador (Jos. 10:10, 11), en las propias palabras de Dios (Jos. 6:2; 8:1), en los discursos de Josué (Jos. 4:23, 24; 8:7) y en las afirmaciones de Rahab (Jos. 2:10), de los espías (Jos. 2:24) y del pueblo (Jos. 24:18). Dios aparece como el originador de estos violentos conflictos.
Esta realidad plantea preguntas inevitables. ¿Cómo entender que el pueblo elegido por Dios llevara a cabo tales acciones? ¿Cómo es posible conciliar la imagen de un Dios “guerrero” con su carácter de amor (por ejemplo, Éxo. 34:6; Sal. 86:15; 103:8; 108:4) sin que se vean afectadas la credibilidad, la autoridad y la historicidad del Antiguo Testamento? Esta semana y la próxima exploraremos la difícil cuestión de las guerras libradas por mandato divino en el libro de Josué y en otros lugares.
Domingo 19 de octubre
EL COMANDANTE DE LOS EJÉRCITOS DEL SEÑOR
Lee Josué 5:13-15. ¿Qué dice este texto acerca del trasfondo de la conquista de Canaán? Israel acababa de cruzar el Jordán y de pisar terreno enemigo. La fortaleza de Jericó estaba frente a ellos, con sus puertas firmemente cerradas (Jos. 6:1). En este momento, el pueblo no conocía ninguna estrategia bélica.
Y lo más preocupante aún era que Israel solo disponía de hondas, lanzas y flechas para enfrentarse a una ciudad fortificada y preparada para resistir un largo asedio. Las preguntas de Josué acerca de la identidad del extraño visitante recibieron una respuesta poco reveladora: “No”. La respuesta del visitante revelaba que no estaba dispuesto a entrar en las categorías definidas por Josué.
En otras palabras, la cuestión fundamental no era si el visitante estaba de parte de Josué, sino si Josué estaba de parte de aquel. Compara Josué 5:14, 15 con 2 Reyes 6:8-17; Nehemías 9:6 e Isaías 37:16. ¿Qué enseñan esos textos acerca de la identidad de Josué y del Comandante del ejército del Señor? Aunque la expresión “Príncipe del ejército del Señor” es única en la Biblia hebrea, la combinación de los términos “príncipe” y “ejército” siempre se refiere a un líder militar.
La palabra “ejército” en las Escrituras puede referirse a tropas, ángeles o cuerpos celestes. El Cristo preencarnado no se aparece a Josué como un simple aliado, ni siquiera como el verdadero Comandante del ejército de Israel, sino como el Comandante del ejército invisible de ángeles partícipes de un conflicto mucho mayor que el de Josué con los cananeos. La respuesta de Josué indica claramente que comprende cuál es la identidad del Comandante. Este es igual a Dios y Josué se postra ante él en señal de profundo respeto y adoración (Jos. 5:14; Gén. 17:3; 2 Sam. 9:6; 2 Crón. 20:18).
Josué está preparado para que se le comunique la estrategia propia de una campaña militar que es parte de un conflicto mucho mayor y en el que participa el propio Dios de los ejércitos celestiales. ¿Qué consuelo podemos y debemos obtener del hecho de que el “Príncipe del ejército del Señor” está obrando e interviene en defensa de su pueblo?
Lunes 20 de octubre
Lección 4 GUERRA EN EL CIELO
Josué comprendió que la batalla que estaba por librarse formaba parte de un conflicto mayor. ¿Qué sabemos del conflicto en el que Dios mismo era partícipe? Lee Apocalipsis 12:7-9; Isaías 14:12-14; Ezequiel 28:11-19 y Daniel 10:12-14. Dios pobló el universo con criaturas responsables a las que concedió libre albedrío, un prerrequisito para que pudieran amar.
Pueden elegir actuar de acuerdo con la voluntad de Dios o en contra de ella. Lucifer, el más poderoso de los ángeles, se rebeló contra Dios y llevó consigo a muchos ángeles. Isaías y Ezequiel se refieren a ese conflicto, aunque algunos comentaristas intentan restringir el significado de Isaías 14 y Ezequiel 28 al rey de Babilonia y a un gobernante de Tiro.
Sin embargo, hay claros indicadores en el texto bíblico que apuntan a una realidad trascendente. Se presenta al rey de Babilonia como si hubiera estado en el Cielo, próximo al Trono de Dios (Isa. 14:12, 13), y se dice que el rey de Tiro residía en el Edén como querubín protector en el monte santo de Dios (Eze. 28:12-15). Nada de esto es aplicable a los reyes de Babilonia y Tiro. Tampoco puede decirse de los reyes terrenales que fueran intachables y el “modelo de la perfección”.
En consecuencia, estos personajes apuntan más allá de los reinos literales de Babilonia y Tiro. En el capítulo 14 de su libro, Isaías presenta un “proverbio” o “parábola” (heb. mashal), cuyo significado está más allá del contexto histórico inmediato. En este caso, el rey de Babilonia se convierte en paradigma de rebelión, autosuficiencia y orgullo. Del mismo modo, Ezequiel distingue entre el príncipe de Tiro (Eze. 28:2) y el rey de Tiro (Eze. 28:11, 12). El primero está activo en el reino terrenal y se convierte en el símbolo de un rey que actúa en el ámbito celestial. Según Daniel 10:12 al 14, estos seres celestiales rebeldes obstruyen el cumplimiento de los propósitos de Dios en la tierra.
Es a la luz de esta conexión entre el Cielo y la Tierra que tenemos que entender las guerras de Israel aprobadas divinamente. Tenemos que reconocerlas como manifestaciones terrenales del gran conflicto entre Dios y Satanás, entre el bien y el mal; todo ello, en última instancia, con el propósito de restaurar la justicia y el amor de Dios en un mundo caído. ¿De qué maneras vemos la realidad de esta batalla cósmica entre el bien y el mal en el mundo que nos rodea y en nuestras propias vidas?
Martes 21 de octubre
EL SEÑOR ES UN GUERRERO
Lee Éxodo 2:23-25; 12:12, 13; 15:3-11. ¿Qué significa el hecho de que Dios es un guerrero? Durante su prolongada permanencia en Egipto, los israelitas olvidaron al Dios verdadero de sus antepasados. Como demostraron muchos episodios de su peregrinar por el desierto, su conocimiento del Dios de Abraham, Isaac y Jacob se había desvanecido y habían incorporado elementos paganos en sus prácticas religiosas (ver Éxo. 32:1-4). Cuando el pueblo de Israel clamó al Señor bajo la opresión de los egipcios (Éxo. 2:23-25), el Señor intervino en su favor en el momento oportuno.
Sin embargo, el conflicto descrito en los primeros 12 capítulos de Éxodo fue mayor que una simple lucha de poder entre Moisés y el faraón. Según la ideología bélica del antiguo Cercano Oriente, los conflictos entre pueblos se consideraban, en última instancia, conflictos entre sus respectivos dioses. Éxodo 12:12 declara que el Señor ejecutó su juicio no solo sobre el faraón, sino también sobre los dioses de Egipto, esos poderosos demonios (Lev. 17:7; Deut. 32:17) que estaban detrás del poder opresor y del injusto sistema social de Egipto.
Dios está en guerra con el pecado y no tolerará este conflicto para siempre (Sal. 24:8; Apoc. 19:11; 20:1-4, 14). Todos los ángeles caídos, así como los seres humanos que se han identificado definitiva e irrecuperablemente con el pecado, serán destruidos. A la luz de esto, las batallas contra los habitantes de Canaán deben ser percibidas como una etapa previa de este conflicto que alcanzaría su clímax en la cruz y su consumación en el juicio final, cuando la justicia y el carácter amoroso de Dios serán vindicados. La destrucción total de los cananeos debe ser comprendida a partir de la cosmovisión bíblica, en la que Dios es parte de un conflicto cósmico con los exponentes del mal en el universo.
En última instancia, lo que está en juego es la reputación y el carácter de Dios (Rom. 3:4; Apoc. 15:3). Desde que el pecado ingresó a la existencia humana, nadie puede permanecer en terreno neutral. Solo es posible estar del lado de Dios o del lado del mal. En vista de este trasfondo, la erradicación de los cananeos debe ser vista como un anticipo del juicio final. La realidad de la gran controversia solo permite optar por uno de los dos bandos. ¿Cómo saber de qué lado se está realmente?
Miércoles 22 de octubre
EL SEÑOR LUCHAR Á POR USTEDES
Según Éxodo 14:13, 14, 25, ¿cuál era el plan original e ideal de Dios respecto de la participación de los israelitas en la guerra? En aquel momento de crisis, cuando el pueblo de Israel se vio obligado a entrar en un callejón sin salida, “Moisés dijo al pueblo: ‘No teman. Manténganse tranquilos, y verán la salvación que el Señor les dará hoy. Porque esos egipcios que hoy ven, nunca más los verán.
El Señor peleará por ustedes. Estén tranquilos’ ” (Éxo. 14:13, 14). Según el registro bíblico, incluso los propios egipcios comprendieron esa realidad, ya que dijeron: “Huyamos de delante de Israel, porque el Señor pelea por ellos contra los egipcios” (Éxo. 14:25). La intervención milagrosa de Dios en favor de los indefensos israelitas, carentes de conocimientos militares, se convirtió en el modelo. El Éxodo constituyó el paradigma de la intervención del Señor en favor de Israel. Aquí, Dios no solo es quien libra la batalla, sino que exige a Israel que no luche (Éxo. 14:14).
Dios es el Guerrero y la iniciativa es suya. Él establece la estrategia, define los medios y dirige la campaña. Si el Señor no lucha por Israel, este no tiene ninguna posibilidad de éxito. Elena de White interpreta esto como una expresión del hecho de que “Dios no quiso que obtuvieran la tierra prometida por medio de la guerra, sino mediante la sumisión y la obediencia incondicional a sus mandamientos” (“The Twelve Spies”, Signs of the Times, 2 de septiembre de 1880, p. 1). Al igual que en la liberación de Egipto, Dios pelearía sus batallas por ellos.
Todo lo que tenían que hacer era permanecer quietos y presenciar su poderosa intervención. La historia demuestra que siempre que Israel tuvo suficiente confianza en Dios, no necesitó luchar (ver 2 Rey. 19; 2 Crón. 32; Isa. 37). De acuerdo con el plan ideal de Dios, Israel nunca necesitó luchar. Fue la incredulidad de ellos, expresada después del Éxodo, lo que llevó a Dios a permitirles participar en la guerra contra los cananeos.
Así como no necesitaron levantar una sola espada contra los egipcios durante el Éxodo, nunca les habría sido necesario luchar para conquistar Canaán (Deut. 7:17-19). “Si los hijos de Israel no hubieran murmurado contra el Señor, él no habría permitido que sus enemigos hicieran guerra contra ellos” (Elena de White, Historia de la redención, p. 135). ¿Cómo podría la murmuración impactar hoy negativamente nuestra vida?
Jueves 23 de octubre
LA SEGUNDA MEJOR OPCIÓN
Lee Éxodo 17:7-13 y Josué 6:15-20. ¿Qué similitudes encuentras entre estos dos relatos bélicos? ¿En qué se diferencian? Éxodo 17 registra la primera ocasión en que Israel luchó después del Éxodo, cuando los israelitas se defendieron de los amalecitas. Israel había sido testigo de la omnipotencia divina cuando Dios había afligido a los egipcios y había liberado a los israelitas. Hemos visto que el plan inicial de Dios para Israel no incluía luchar contra otros pueblos (Éxo. 23:28; 33:2).
Pero poco después de su liberación de Egipto, los israelitas empezaron a murmurar por el camino (Éxo. 17:3), cuestionando incluso la presencia de Dios en medio de ellos. Fue en ese momento cuando Amalec vino a luchar contra Israel. Esto no fue casualidad. Dios permitió que los amalecitas atacaran a Israel para que aprendieran a confiar de nuevo en él. Sin comprometer sus principios, Dios desciende hasta el nivel en que se encuentra su pueblo, llamándolo continuamente a volver al plan ideal, a confiar plenamente y sin reservas en la intervención divina.
De hecho, la ley de la guerra (Deut. 20) fue dada solo después de los 40 años de experiencia en el desierto, que también fue consecuencia de la incredulidad de Israel. Las nuevas circunstancias exigían nuevas estrategias, y fue entonces cuando Dios exigió a Israel que aniquilara por completo a los cananeos (Deut. 20:16-18). Además de que la guerra se convirtió en una necesidad para Israel, también supuso una prueba de su lealtad a Dios. El Señor no los abandonó, sino que les permitió ser testigos de su poder en respuesta a su total dependencia de él.
La participación de los israelitas en la conquista queda patente en la conclusión a la que llega Josué al final del libro. Aquí se dice que los cananeos luchaban contra los israelitas (Jos. 24:11). Aunque el colapso de las murallas de Jericó fue el resultado de un milagro divino, el pueblo de Israel tuvo que participar activamente en la batalla y enfrentarse a la tenaz resistencia de los habitantes de la ciudad. La participación de Israel en el conflicto armado se convirtió en una forma de desarrollar una confianza incondicional en la ayuda de Dios.
Sin embargo, siempre se le recordaba a Israel (Jos. 7:12, 13; 10:8) que el resultado de cada batalla estaba, en última instancia, en manos del Señor, y que la única manera en que podían influir en el resultado de un conflicto militar era en virtud de su fe o de su incredulidad respecto de las promesas del Señor. La elección estaba en manos de ellos.
Viernes 24 de octubre
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
Lee las páginas 521-527 del capítulo “La caída de Jericó” en el libro Patriarcas y profetas de Elena de White. Cuando la rebelión contra la autoridad de Dios surgió en el universo, solo existían dos opciones: Dios dejaría de ser lo que es de manera esencial, inmutable y eterna, y entregaría el liderazgo de todo el universo a una de sus criaturas rebeldes, o seguiría siendo el Padre santo, justo, amoroso y misericordioso de todo lo que existe. La Biblia presenta la segunda opción como la elegida por Dios y, en consecuencia, el inevitable choque entre su poder y las fuerzas del mal.
Cuando los poderes políticos o socio-históricos asociados a las fuerzas cósmicas caóticas y rebeldes manifestaron la misma actitud desafiante contra Dios, él, como Señor soberano del universo, intervino. La representación de Dios como guerrero se convierte en una prefiguración de esa victoria definitiva que pondrá fin al conflicto cósmico en curso entre el bien y el mal (Apoc. 20:8-10).
Además, las guerras libradas por el antiguo Israel por orden de Dios no solo reflejaban el conflicto cósmico, sino que formaban parte de él, como una anticipación histórica del juicio de Dios al final de los tiempos. “Dios les había dado el privilegio y el deber de entrar a la tierra en el tiempo que les señalara; pero debido a su negligencia voluntaria, se les había retirado ese permiso. […] No quería él que tomaran posesión de la tierra por medio de la guerra, sino mediante la estricta obediencia a sus mandatos” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 413, 414).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. ¿Cómo te ayuda el trasfondo del conflicto cósmico a entender mejor el hecho de que el Señor ordenara a Israel ir a la guerra?
2. Comparte en tu clase tus respuestas a la pregunta del lunes acerca de la realidad del gran conflicto y cómo se desarrolla en el mundo que nos rodea. ¿Cuál es nuestro papel en esta controversia y cómo procuramos cumplirlo?
3. ¿Cómo podemos aplicar en nuestra vida espiritual el principio según el cual debemos permanecer quietos y esperar que el Señor luche por nosotros?
4. En nuestras discusiones y desacuerdos ocasionales en la iglesia queremos a menudo saber quién está de nuestro lado. ¿Cómo deberíamos cambiar de actitud a la luz de Josué 5:13-15?
"Escuela Sabática adultos 2026, PRIMER trimestre (ENERO-MARZO). Estudio: Uniendo el cielo y la tierra, por Clinton Wahlen.."

Uniendo el Cielo y la Tierra
El Plan de Salvación tiene un propósito extraordinario: unir el Cielo y la Tierra, una tarea que parece humanamente imposible. Sin embargo, Jesús confió misiones así a sus discípulos y a Pablo, asegurándoles siempre su presencia y poder para cumplirlas. La Biblia muestra que Dios nunca encomienda una misión sin otorgar la capacidad para llevarla a cabo cuando confiamos en Él.
Las epístolas de Pablo a Filipenses y Colosenses revelan a Cristo como el único capaz de unir lo divino y lo humano. A través de estas cartas, vemos a Jesús como Redentor e Intercesor, y a Pablo enfrentando grandes desafíos desde la prisión, fortaleciendo a la iglesia y llamándola a mantenerse unida y enfocada en su misión.
Este estudio invita a la iglesia actual a depender de Cristo, a vivir conectada con el Cielo y a cumplir fielmente su misión en el tiempo final, proclamando el mensaje del evangelio al mundo.
Lección 6:
Para el 7 de febrero de 2026
CONFIANZA SOLO EN CRISTO
Sábado 31 de enero
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Filipenses 3:1–16; Romanos 2:25–29; Juan 9:1–39; Efesios 1:4, 10; 1 Corintios 9:24–27.
PARA MEMORIZAR: “A fin de conocer a Cristo, y la virtud de su resurrección, y participar de sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, para llegar de algún modo a la resurrección de los muertos” (Fil. 3:10, 11).
Hay algo en nosotros que nos hace desconfiar de la salvación solo por la fe y aparte de las obras de la Ley. Es decir, por alguna razón, todos tendemos a apoyarnos en nuestras obras como si estas fueran parte de la fórmula para nuestra salvación. Pablo aborda este punto en una vigorosa polémica contra quienes insistían en que la circuncisión era necesaria para la salvación. Para evitar que algunos pensaran que sus obras, como la circuncisión, contribuían a su salvación, Pablo deja claro que la justicia procede de Cristo como un don que es aceptado por la fe y que no es fruto de la obediencia a la Ley.
Aunque la circuncisión puede no ser un problema hoy en ese sentido, el principio que estaba detrás de la insistencia en ella como requisito para la salvación sí lo es. La propia Reforma protestante comenzó con este mismo tema: el papel de la fe y las obras en la experiencia de un seguidor de Cristo. En definitiva, Cristo lo es todo para nosotros, “el autor y perfeccionador de la fe” (Heb. 12:2).
Si nuestras prioridades están en el lugar correcto, viviremos con la seguridad del amor de Dios y disfrutaremos de la promesa, incluso ahora, de la salvación, todo ello sin poner “nuestra confianza en la carne” (Fil. 3:3).
Domingo 1 de febrero
REGOCIJÁNDONOS EN EL SEÑOR
Lee Filipenses 3:1-3. ¿Qué notas positivas y negativas presenta Pablo aquí y cómo se relacionan entre sí? ¿Cómo describe a los creyentes? Pablo comienza con una nota muy positiva y daría la impresión de que estuviera concluyendo su carta. Pero no ha terminado, sino que retoma uno de los temas principales de la epístola: la alegría en el Señor, y presenta una serie de razones para ello. Lo más importante es que debemos tener confianza en Cristo, no en nosotros mismos: “Nos regocijamos en Cristo Jesús, y no ponemos nuestra confianza en la carne” (Fil. 3:3).
Muchos hemos sin duda aprendido de la peor manera a no confiar en la carne. La severa advertencia “guárdense” (repetida tres veces) no se encuentra en ningún otro lugar de las Escrituras. Aparentemente, lofilipenses sabían muy bien a qué amenaza se refería Pablo. Más que a tres problemas separados, la advertencia parece referirse a un grupo de falsos maestros descritos de tres maneras diferentes. En Israel, las personas malvadas o irreligiosas a veces eran llamadas “perros” (Fil. 3:2; comparar con Sal. 22:16; Isa. 56:10; Mat. 7:6; 2 Ped. 2:21, 22). Los falsos maestros también podían ser acertadamente descritos como “malos obreros”. Referirse a ellos como “los que mutilan el cuerpo” (Fil. 3:2) muestra que, al igual que en Galacia y otros lugares, trataban de imponer la circuncisión a los creyentes de origen pagano, contrariamente a lo dictaminado por el concilio apostólico (ver Hech. 15).
Curiosamente, parece que una solución para los desafíos espirituales, incluida la propagación de falsas enseñanzas, es “regocijarse en el Señor” (Fil. 3:1; comparar con Fil. 4:4). Todo aquello por lo que nos alegramos nos produce gozo (las dos palabras griegas que se encuentran detrás de estas ideas están relacionadas).
Dios quiere que estemos alegres, y su Palabra es una especie de manual de instrucciones para la verdadera felicidad y la alegría duradera. Entre ellas se incluyen recibir la misericordia de Dios (Sal. 31:7); depositar nuestra confianza en él (Sal. 5:11); recibir las bendiciones de la salvación (Sal. 9:14); adoptar la Ley de Dios como nuestra forma de vida (Sal. 119:14), incluida la observancia del sábado (Isa. 58:13, 14); creer en su Palabra (Sal. 119:162); y educar hijos piadosos (Prov. 23:24, 25). La vida puede ser muy difícil para nosotros, por muy bien que nos vayan las cosas en este momento. Pero, aunque ahora no vayan bien, ¿de qué cosas puedes y debes alegrarte? ¿Qué te impide hacerlo?
Lunes 2 de febrero
LA “VIDA PASADA” DE PABLO
Es habitual que los cristianos conversos piensen en su experiencia espiritual contrastando la vida que llevaban antes de aceptar a Jesús con la que llevan desde ese momento. Pablo hace eso en Filipenses 3. A veces hablamos de quienes no son cristianos como “buenas personas”, y muchos sin duda lo son, al menos según los criterios del mundo. Sin embargo, nadie lo es según los criterios de Dios, ni siquiera los cristianos. En Filipenses 3:4-6, Pablo enumera algunas cosas de su vida pasada de las que alguna vez se enorgulleció. ¿Cuáles son? ¿Cómo describirías lo “bueno” de tu propia vida (pasada y presente)? Pablo establece un contraste implícito entre los creyentes de origen judío que difundían falsas doctrinas y los creyentes incircuncisos que confiaban plenamente en Cristo para su salvación y no ponían su confianza en meras obras humanas como la circuncisión (ver Heb. 6:1; 9:14; comparar con Rom. 2:25-29).
Aunque la vida pasada de Pablo y su linaje habrían sido bastante impresionantes para sus compatriotas judíos, ninguna de estas cosas había contribuido a su salvación. De hecho, la habían obstaculizado porque lo cegaron durante un tiempo acerca de su necesidad de Cristo. Pablo no solo estaba circuncidado: había sido “circuncidado al octavo día”. En otras palabras, era israelita de nacimiento y perteneciente al pueblo del Pacto. Además, pertenecía a la tribu de Benjamín, cuyo territorio incluía algunas de las ciudades más importantes de Israel. Pablo no solo sabía hebreo, sino también, como fariseo y alumno de Gamaliel el Viejo (Hech. 22:3; 26:4, 5), estaba empapado de conocimientos acerca de la Ley y de cómo debía ser aplicada en cada situación, al menos según la tradición.
Pablo era tan celoso de la Ley que persiguió a la iglesia por considerarla una amenaza para el estilo de vida judío que, según él, prescribía la Ley. Curiosamente, aunque “irreprensible” en términos de esa “justicia” de origen humano, Pablo se dio cuenta de que la Ley era en realidad mucho más profunda y exigente de lo que él podía imaginar, y de que, sin Cristo, estaba condenado ante ella. Compara Romanos 7:7-12 con Mateo 5:21, 22, 27, 28. ¿Qué punto crucial señalan tanto Jesús como Pablo acerca de la Ley, y por qué es la “fe en Cristo” (Fil. 3:9), no la Ley, la única fuente de justicia? ¿Cuán bien guardas la Ley, al menos como Jesús dijo que deberíamos hacerlo?
Martes 3 de febrero
LO IMPORTANTE
Como señalaba el estudio de ayer, las cosas que antes enorgullecían a Pablo eran en realidad obstáculos para la fe, porque le impedían percibir su necesidad de Cristo. Pablo utiliza el lenguaje del comercio, de las ganancias y las pérdidas, para describir cómo era su contabilidad espiritual antes de la fe. Aunque no nos gusta pensar mucho en ello, todo ser humano tiene un “libro de contabilidad espiritual”. Antes, el libro de contabilidad de Pablo se medía por los valores judíos de la época y no por los valores bíblicos, tal como los enseñó Jesús. Después de su conversión, su libro de contabilidad espiritual tuvo un aspecto muy diferente porque su escala de valores cambió drásticamente, de la “moneda” del judaísmo a la del Cielo. “El que descendió del Cielo puede hablar del Cielo, y presentar correctamente las cosas que constituyen la moneda del Cielo, en las que ha estampado su imagen y su inscripción.
Él conoce el peligro en que se hallan aquellos a quienes vino a levantar de la degradación y a exaltar a un lugar junto a sí en su trono. Señala el peligro que corren al prodigar su afecto a objetos inútiles y peligrosos. Trata de apartar la mente de lo terrenal hacia lo celestial, para que no desperdiciemos tiempo, talento y oportunidad en cosas que son totalmente vanidad” (Elena de White, “Spiritual Weakness Inexcusable”, Review and Herald, 1° de julio de 1890, p. 1). Pablo había sido una estrella en rápido ascenso en el mundo del judaísmo del primer siglo hasta que, al quedar ciego al ver a Jesús glorificado en el camino hacia Damasco (Hech. 9), su vista espiritual fue corregida y vio claramente.
Juan 9 cuenta la historia de otro hombre que era ciego y luego vio a Jesús con claridad. Jesús dijo que había venido al mundo “para que los que no ven, vean; y los que creen que ven sean cegados” (Juan 9:39). ¿Cómo podrías aplicar este principio a tu propia vida? ¿Puede haber algo más valioso que la vida eterna en el Cielo y en la Tierra Nueva? Sin embargo, los valores mundanos ciegan a muchos para no ver esta realidad. Hay una competencia inherente entre las cosas que se valoran aquí (ver Mat. 13:22; Luc. 4:5, 6; 1 Juan 2:16) y las que valora el Cielo: la semejanza a Cristo y las almas salvadas.
El mundo puede cegarnos a las verdades espirituales y a lo realmente importante. ¿Cuál es la clave para mantener nuestros ojos enfocados en lo que realmente importa?
Miércoles 4 de febrero
LA FE DE CRISTO
No debemos pasar por alto el punto principal de Pablo. En el camino a Damasco experimentó un maravilloso intercambio, pues cambió su antigua vida basada en la Ley por la presencia de Cristo mismo: “Para ganar a Cristo y ser hallado en él” (Fil. 3:8, 9). La expresión “ser hallado en él”, es decir, en Cristo, es interesante. Lee Efesios 1:4; 2 Corintios 5:21; Colosenses 2:9; y Gálatas 2:20. A la luz de estos pasajes, ¿cuál es tu mayor interés?
¿Cómo entiendes las palabras de Pablo? La referencia de Pablo al hecho de estar en Cristo ha sido ampliamente debatida. No es sorprendente que quizá la mejor explicación provenga del propio Pablo: “Para que, llegado el tiempo, reuniera en él, bajo una sola cabeza, todo lo que está en el cielo y lo que está en la tierra” (Efe. 1:10).
Ese ha sido el propósito de Dios desde el principio. Y Pablo aclara cómo sucede: “Ustedes están en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30). Estar “en Cristo” abarca todo lo que comprende el Plan de Salvación, desde el amanecer de nuestra inteligencia espiritual (sabiduría), pasando por la justificación por la fe (justicia) y la preparación para el cielo (santificación), hasta, finalmente, la glorificación en la Segunda Venida (redención). La salvación es obra de Cristo de principio a fin, por nosotros y en nosotros.
En consecuencia, al aceptar a Cristo tenemos todo lo que necesitamos. Lee Filipenses 3:9. ¿Qué dos cosas contrasta Pablo, y por qué es importante recordar siempre este contraste? Como Pablo llegó a comprender, la “propia justicia” no es verdadera justicia pues la Ley no puede dar vida (ver Gál. 3:21, 22). Solo Cristo puede otorgarla por medio de la fe, aunque no cualquier fe. Después de todo, los demonios creen y tiemblan (Sant. 2:19).
La única fe salvadora es “la fe en Cristo”. Solo su fe ha obedecido y puede obedecer plenamente. Pistis, la palabra griega traducida como fe, también significa fidelidad. Por lo tanto, si estamos en Cristo y él vive en nosotros (Gál. 2:20), vivimos por su fe y a través de nuestra fe en él.
Jueves 5 de febrero
SOLO UNA COSA: CONOCER A CRISTO
Lee Filipenses 3:10–16. ¿Cuáles son algunos de los puntos principales que Pablo destaca en este pasaje? No hay nada más importante que conocer a Cristo, lo cual es la garantía de que él nos conocerá y nos reconocerá ante el Padre (ver Mat. 7:21-23; 10:32, 33). ¿Cómo lo conocemos? A través de su Palabra escrita, leyéndola y poniéndola en práctica. No podemos conocerlo cara a cara como los discípulos, a pesar de lo cual no lograron comprender sus palabras. Esto subraya nuestra necesidad de que el Espíritu Santo nos dirija (ver Juan 16:13). Cuanto más lo conocemos, más nos acercamos a él, pues experimentamos “la virtud de su resurrección” (Fil. 3:10), que nos eleva a una “nueva vida” (Rom. 6:4). Otra forma de acercarnos a Jesús es “participar de sus padecimientos” (Fil. 3:10).
Cada prueba que afrontamos, cada experiencia dolorosa que sobrellevamos, nos ayudan a conocer y apreciar más lo que Jesús sufrió por nosotros, y también a comprenderlo a él y su voluntad con mayor claridad. Una tercera forma de acercarnos es “proseguir a la meta” (Fil. 3:14); La palabra griega así traducida (skopos) solo se usa aquí en el Nuevo Testamento y designa la línea de llegada en una carrera y el premio que se otorga al vencedor. Pablo lo llama “el premio del soberano llamado celestial en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). Así como Cristo ascendió al Cielo en virtud de su muerte y su resurrección, Dios nos invita a recibir la misma recompensa celestial: la vida eterna.
Obviamente, todavía no la hemos alcanzado. No seremos perfeccionados en el sentido más pleno hasta que “el cuerpo de nuestra bajeza” sea transformado “para que sea semejante a su cuerpo de gloria” (Fil. 3:21). Pero, al conocerlo y recibir su presencia en nuestra vida, todos los días, avanzamos hacia la meta de ser como Jesús en todas las formas posibles ahora. Este fue también el centro de la vida de Pablo. Al igual que en una carrera (ver 1 Cor. 9:24-27), no prestamos atención al lugar que vamos dejando atrás o a quién nos sigue.
Nuestro único objetivo es lo que tenemos delante, el premio celestial que nos espera. La imagen aquí es vívida: un corredor totalmente concentrado en la meta, que esfuerza cada músculo y se inclina hacia adelante para alcanzar la meta. ¿Por qué es tan importante no mirar hacia atrás mientras caminas con el Señor, al menos hacia tus pecados y fracasos, sino hacia adelante, hacia lo que se te ha prometido ahora mismo en Cristo?
Viernes 6 de febrero
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
“El que desea adquirir un carácter fuerte y armónico, el que desea ser un cristiano equilibrado, debe darlo todo a Cristo y hacerlo todo por él; porque el Redentor no aceptará un servicio a medias. Debe aprender cada día el significado de la sumisión propia. Debe estudiar la Palabra de Dios para aprender su significado y obedecer sus preceptos.
De ese modo puede alcanzar la norma de la excelencia cristiana. Día a día Dios trabaja con él, para perfeccionar el carácter que será capaz de resistir en el momento de la prueba final. Y, día tras día, el creyente hace ante hombres y ángeles un experimento sublime, que demuestra lo que el evangelio puede hacer en favor de los seres humanos caídos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, pp. 398, 399). “Quienes esperan la venida del Novio deben decir al pueblo: ‘¡Vean aquí a su Dios!’ Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que debe darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios deben manifestar su gloria. En su vida y su carácter deben revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos. “La luz del Sol de Justicia debe brillar en buenas obras: en palabras de verdad y hechos de santidad” (Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. Reflexiona más acerca del regocijo en el Señor. Pablo no dice que te regocijes en tus pruebas (aunque eso también es bíblico), sino en el Señor. ¿Por qué es tan importante tener siempre ante nosotros al Señor, su bondad, su poder, su amor y su salvación? ¿Cómo te beneficiaría enormemente hacer eso en medio de las inevitables pruebas de la vida?
2. Observa cómo describen las citas anteriores el papel de la gracia en la producción de las “buenas obras” que realizamos como cristianos. ¿Por qué es tan importante esta función de la gracia mientras esperamos la pronta venida de Cristo? Es decir, aunque no somos salvos por las buenas obras, ¿podemos realmente ser salvos si no las tenemos?
3. Profundiza en la idea de no tener confianza en la carne. ¿Qué significa esto? ¿Por qué no debemos tener confianza en ella? ¿No es la carne un don de Dios?
